LA PUERTA VERDE CARRUAJE

por: Carlos Fernández Ronquillo

DON EDESIO      

Don Edesio, atlético y vivaracho, llama a la puerta de 5ºA con el toque del timbre; parece tener un conjuro, un poder sugestivo con la puntualidad. Da los buenos días a todos los niños y al profesor saliente, cuando éste está recogiendo sus libros y el nuevo portátil donde escribe la abundante pedagogía de moda abrumadora de documentos. Tal como había de salir el profesor, don Edesio ya está situado delante y firme observando cómo recogen todos los libros y libretas.

-¡Eh, Alfonso! La libreta con las pastas para afuera. Hazlo bien.

- Vale, vale.

-¡Lali! Lápiz dentro del libro, no. Despegarás el libro.

-Es que así encuentro rápidamente la página.

-Y lo romperás. Sustituye el lápiz por un registro de papel. Cuando tengáis todo recogido: manos cruzadas y silencio. Como estatuas.

Los cuerpos van quedando inmóviles y los ojos inquietos; bien así quieren decir: vamos ya don Edesio, para que saltemos y brinquemos cuanto antes. Una vez todas las mesas están recogidas habla don Edesio.

-En silencio, sin hacer ruidos con las sillas. No vamos a molestar a nuestros compañeros con nuestros alborotos.

-¿En orden?

¿Quién ha preguntado eso?

-Yo.

-Y tú, ¿qué crees?

-Pues en orden.

-Pues no interrumpas con preguntas tontas. Ya sabemos que siempre es en orden, por encima del desorden. Silencio ya.

-¡Cristian y Álvaro no están en su sitio!

Ya que hay ruidos, don Edesio hace gestos con el índice de la mano derecha indicando hacia los pupitres. Casi no se entiende, pero Belén ha salido de la fila para sentarse. Igual hace Paco y María.

Don Edesio otra  vez está como al principio: junto a la pizarra de pie, firme. Parece esperar a todos transformados en estatuas.

-¿De quién es la culpa? De los que hablan, ¿verdad? Ya podíamos estar corriendo por los campos. El próximo que interrumpa con ruidos ha de quedar sin juegos.

Vuelven a comenzar. Nuevas filas. Silencio total. Cada fila va por un lateral del amplio pasillo con don Edesio siempre en cabeza de las dos filas ordenadas de bajitos a más altos. Mana un murmullo al llegar la peligrosa curva de acceso a las escaleras. Como aumenta la fuente de sonidos, don Edesio se para, da media vuelta, al tiempo que sigue con las manos atrás; mira a todos los de ambas filas hasta convertirlos en estatuas de silencio. Ni uno se ríe; no mueven los ojos para no romper más el tiempo. Media vuelta de don Edesio para comenzar bajando los peldaños.

-No hagáis ruidos con las zapatillas, no pateéis los escalones.

Nueva parada. El silencio vuelve a imperar. Ellos tienen prisas para correr y jugar. En cuanto a don Edesio, no hay tu tía: o van callados o vuelven a clase. Ahora don Edesio vuelve a prevenir con nueva parada.

-Al llegar a los servicios podéis beber o hacer pipí, sin olvidar aquello que dijimos antes.

Apenas llegaron a los servicios, ya estaba don Edesio colocado en cabeza para cuando terminasen de sus necesidades, pero he aquí que…

-¿Quién ha sido el del portazo a la puerta de ese servicio?

Todos miraron a uno; ese uno era Tomás.

-Tomás, ¿quién ha dado el portazo?

-He sido yo.

-Te quedas sin jugar.

Por fin avanzaron desde el servicio hasta las otras escaleras de subida y acceso a los campos de arriba.

Los primeros días del curso escolar don Edesio siempre era tan exigente con las normas del orden y el silencio.

-¡Vamos a calentar un poco! ¡Estirando los músculos!

Ellos hacían estiramientos como veían a los mayores o bien observaban de qué forma los realizaba don Edesio.

-La primera carrera es de precalentamiento. Vamos despacito y sin adelantar.

Vamos, sí. Digo vamos porque don Edesio también iba despacito corriendo mientras pasaban por detrás de las porterías de los campos de 6ºA y B, dando la vuelta tras la caseta de la luz, paralelos a la pared de la linde exterior, siguiendo hasta las otras dos porterías de hierro para terminar donde iniciaron.

-Ahora ejercicios de respiración. ¡Así, así! ¡Muy bien! ¡Muy bien!.

-¡Mira don Edesio dónde vienen todavía Carlos y Elena!

-¡Anda, corre con ellos a anímales el paso!

-¿Y yo? ¿Puedo ir yo también? ¿Y yo?

Como Carlos y Elena se vieron tan arropados y empujados por los voluntariosos, estaban ya en disposición de iniciar la segunda carrera.

-¿Se puede adelantar ya?

-No, todavía no. Estáis aún fríos.

-¡Buaaa! ¡Ya hemos calentado bien!

-Bueno, vais sin adelantar hasta pasar por el callejón entre la torreta de la luz y la valla. En la recta siguiente podéis adelantar ya. ¡Pero antes no!.

Así que iniciaron la segunda vuelta a los campos y José Antonio, Diego, Miguel y Alfredo, cuanto pasaron el estrechamiento, comenzaron a volar en carrera. Ya estaba don Edesio en la meta para ir diciendo: primero, segundo, cuarto, décimo… y pidiendo uno o dos voluntarios para acompañar a los dos o tres últimos, aunque salían un grupo numeroso de voluntarios.

Al final de las carreras hubo aplausos para los tres primeros y para los últimos, cómo no, porque hoy habían mejorado un poco más. Para los últimos siempre se decían palabras de ánimos ya que iban mejorando.

Pero el pobre de Tomás se habría de quedar sin juegos ahora.

-¡Haciendo las dos filas para el juego de “Caballos y caballeros”. La salida allí en el filo de la sombra de la valla y el recorrido será hasta allí, enfrente hasta tocar en la malla y cambiar caballo por caballero al regresar. Como Tomás no puede jugar, hará de observador en la malla para que caballos y caballeros lleguen hasta ella. Tomás, colócate allí para observar quiénes llegan bien.

Todos estaban deseando iniciar la carrera. Los situados en primera fila harían de caballos; la segunda fila, uno con uno, apoyaban las manos en los hombros de los caballos preparados para montar.

-¡Caballos con los pies en el filo de la sombra! ¡Caballeros! ¿Preparados? ¡Listos! ¡Ya!

Pequeños con pequeños, medianos con medianos y grandes con grandes, emparejados van corriendo. Las pequeñazas de María y Elena han llegado ya a la valla. Ahora cambian de montura para volver. Don Edesio está en mitad del trayecto ayudando a levantar un caballo que tropezó y le anima a continuar.

-¡Eh, eh! ¡Eso no vale! ¡Eliminados por tramposos!

Judith y Cayetano, como ella no podía con él, se ha bajado el muy tuno, han corrido sin montar y se han cambiado antes de llegar a la valla. Mientras tanto, Elena y María, María y Elena, tanto montan, montan tantas, ya están llegando a la sombra. Don Edesio va corriendo para ver quiénes son los primeros en llegar.

-¡Primera pareja! ¡Segunda! ¡Terceros! ¡Los séptimos!

De forma que ya han llegado casi todos, aunque hay una pareja rodando por los suelos.

-¡Ayudar a Ana y Francisco! ¡Que vuelvan a montar y sigan! ¡Animar a Raquel y Alfonso! ¡Vamos! ¡Vamos!

Luego que ya iban llegando casi todos, sólo quedaban por llegar a meta los heridos y lastimados. A uno le dolía una pierna; otros habían tropezado con otros contrincantes y otro no podía más como caballo. Por fin llegaron los últimos con los vítores de ánimo y hubo de dárseles unos aplausos por su esfuerzo pues ambos, caballo y caballero, eran dos pesos pesados a los que se les reconocían su esmero por llegar a la meta.

Casi una hora se había pasado en un santiamén, sin tiempo ya para jugar a “Cuadrigas romanas”, “Carreras de cangrejos y carretillas” o “Cadenas de saltos a la piola”. Prueba de la carrera veloz del tiempo es que Alfonso vino a avisar a don Edesio.

-Oye, don Edesio, son ya menos cinco.

-¡Caramba! ¡Vámonos a filas! ¡Corriendo allí junto al rectángulo del cemento!

Don Edesio salió corriendo como alma que llevan sus zapatillas y chándal viejo para colocarse donde siempre: en cabeza de las dos filas. Ahora ya iban como fieras amansadas por el gusto, el placer y la satisfacción de haber quedado terceros, séptimos, mejor que el otro día o si la rodilla dolía mucho. Si se hubiese hecho una herida, ahora se lavaba en agua y a continuación, al despacho de la seño para poner agua oxigenada y mercromina.

¡Qué sed tenían ahora! ¡Qué tute les metía siempre don Edesio! ¡Con lo exigente que se ponía pidiendo el silencio en las filas, el orden y todo lo demás! Pero qué bien con las carreras; el llegar hoy el décimo cuando el otro día llegó el vigésimo. O bien hoy quedar los cuartos en “Caballos y caballeros” cuando antes quedaban mucho más atrás. Ahora resistían más. Se iba notando la mejoría.

Don Edesio no era una autoridad por decreto, antes al contrario lo era por razón, dando argumentos y aprovechándose de los intereses de sus muchachos, por qué no, a los que conocía como la palma de su mano. Hacía reinar el silencio y el orden para no interrumpir a las otras clases, pues de lo contrario no avanzaban las filas o volvían otra vez a clase, hasta que, con el tiempo, los chicos conocieron sus intenciones y acabaron respetando las normas. Ahora don Edesio no era tan exigente porque las normas se habían impuesto. Más aún: no decía nada y todos hacían las filas sin chistar y en un plisplás de tiempo. Amén de poner mucha ilusión y ganas de correr y sudar en todos los juegos. Al final deseaban ver a don Edesio por la puerta de clase como medicina contra los dolores de espalda y su zona baja ya que estaban demasiadas horas mal sentados y sin reír, porque también en los juegos, además de jadeos, esfuerzos, batacazos y compañerismo había risas.

Ojalá don Edesio deje muchos herederos en el colegio y en la sociedad.